La liebre del cuento clásico siempre ha tenido mala prensa. La recordamos atolondrada, soberbia y perdiendo una carrera por pura falta de previsión frente a una tortuga diligente y constante. Sin embargo, si miramos más de cerca, la liebre no es el enemigo; es, simplemente, un animal diseñado para reaccionar al instante ante el menor crujido de la maleza. Su velocidad y su capacidad de asustarse no son un defecto: son su mecanismo de supervivencia.
En nuestra mente ocurre algo muy parecido frente a los giros inesperados de la vida. Todos albergamos una 'liebre emocional' y una 'tortuga sentimental'. La liebre representa nuestras emociones más inmediatas y viscerales: el miedo, la sorpresa, el enfado o la desesperación. Aparece rápido, no se piensa, consume muchísima energía y nos sacude por completo. La tortuga, en cambio, representa el sentimiento tamizado por la reflexión y el tiempo: tarda más en configurarse, pero aporta estabilidad, perspectiva y coherencia a largo plazo.
Frente a una enfermedad crónica como es la renal, el horizonte vital deja de ser una carrera de velocidad con una meta clara y alcanzable y se transforma en un auténtico maratón sin fin. Es un trayecto minado de visitas médicas, analíticas mensuales y salas de espera, donde cada cita puede traer malas noticias, cambios drásticos de medicación o la irrupción de tratamientos secuestradores de tu tiempo y tu energía.
En ese escenario, es completamente natural —y biológicamente necesario— que tu liebre interna dé un salto y empiece a correr desbocada. El miedo al entrar a la consulta, la rabia ante un mal resultado de creatinina o la ansiedad anticipatoria no son muestras de debilidad ni de 'pensar mal'. Son tu sistema de alarma avisándote de que hay una amenaza real a tu estabilidad. Tu liebre es la vigía del barco: su trabajo es gritar con fuerza porque ve el arrecife. El peligro no es el grito de la vigía; el peligro real surge cuando dejamos que sea la vigía, presa del pánico, quien tome el timón del barco.
Vivir exclusivamente desde el presentismo de la liebre nos puede empujar a la parálisis, a la negación de la realidad o a huidas hacia adelante que ponen en riesgo nuestra salud. Por eso, el reto no está en anular a la liebre, ni juzgarte por sentir miedo o tristeza. El secreto es escuchar atentamente sus advertencias, validar su función protectora y, acto seguido, despertar a la tortuga para que evalúe el mapa completo. Subirse a lomos de la tortuga significa darnos un tiempo para respirar antes de tomar decisiones precipitadas, compartir el diagnóstico con nuestro entorno y recordar que somos personas completas, con fortalezas que van mucho más allá de una etiqueta médica.
Para empezar a coordinar a tu liebre y a tu tortuga a partir de mañana, te propongo un ejercicio práctico: En tu próxima visita médica o ante el siguiente contratiempo, pon a prueba esta regla de juego: separa lo que hay que aceptar de lo que se puede adaptar.
Hay aspectos de la enfermedad que tu tortuga tendrá que asumir como hechos innegociables (una pauta médica estricta, una restricción dietética o acudir al tratamiento). Sin embargo, hay un gran espacio donde sí puede negociar una adaptación: el horario en el que decides tomar la medicación para que no rompa tu descanso, la forma creativa de cocinar dentro de tus límites o con quién decides compartir tus impresiones tras la consulta.
Permite que la liebre te muestre dónde está el peligro con su energía inmediata, pero confía en el ritmo pausado y firme de la tortuga para diseñar cómo vas a recorrer el camino. Escucha al vigía, pero mantén el control del timón.
Cuando la liebre y la tortuga se alían, la carrera no se hace más corta, pero se vuelve más llevadera.
Manuel Martínez
Psicólogo
