Existen tres tipos básicos de movimientos en nuestro cuerpo:

1.- Voluntarios: principalmente la musculatura esquelética, es decir, son todos los músculos que nos ayudan a movernos y que se activan cuando nosotros pensamos en moverlos: las extremidades, el cuello, la boca.

Son músculos que solo se mueven cuando les damos la orden conscientemente.

2.- Involuntarios: son todos esos músculos de los que no somos tan conscientes, y que funcionan independientemente a nuestra atención, de hecho, casi nunca nos damos cuenta de ellos.

Un claro ejemplo es el latido de nuestro corazón, independientemente de que pensemos en él, este se mueve a demanda y necesidades del cuerpo, otro ejemplo muy claro es nuestra pupila y como se autorregula en relación a la luz que recibe, sin que nosotros podamos “elegir” su contracción o distensión.

3.- Semivoluntarios: el último tipo de movimientos que podemos encontrar en nuestro cuerpo, son un tipo de movimiento muy especiales, pues se encuentra a medio camino de los dos anteriores, incluso podríamos decir que son el puente entre lo consciente (movimientos voluntarios) y lo inconsciente (movimientos involuntarios).

El parpadeo pertenece a esta categoría: es un movimiento que, si no pensamos en él, realizamos de forma automática e inconsciente, pero si en un momento dado queremos acelerarlo o ralentizarlo conscientemente, tomamos el control momentáneo de él y lo podemos manipular. Es un control limitado, pues a partir de ciertas condiciones, independientemente de lo que le “pidamos” conscientemente, es un movimiento que se impondrá a nuestras ordenes si estas pueden provocar un deterioro (aunque queramos mantener los ojos abiertos sin parpadear un tiempo muy largo, en el momento que el ojo necesite lubricación, parpadeará a pesar de nuestra resistencia consciente).

La respiración es otro de estos movimientos semivoluntarios, es un sistema que funciona perfectamente en automático pero que cuando queremos modificar conscientemente, tomamos el control y podemos ejercer la respiración consciente, es un maravilloso puente que conecta nuestra consciencia con nuestro inconsciente, por eso es la principal puerta a una comunicación con nosotros mucho más íntima y potente que cualquier otra.

La respiración refleja nuestro estado emocional, los pensamientos que en un momento dado nos están recorriendo la mente, conecta ese mundo interior, con el cuerpo: si estamos alterados, preocupados, nuestra respiración se acelera, se hace más superficial, entrecortada, si nos asustamos directamente se corta, por otro lado, si estamos relajados, tranquilos, nuestra respiración se vuelve calmada, acompasada y rítmica, si estamos eufóricos, nuestra respiración se ensancha, aumenta ¡y nos da vitalidad!.

Este camino de mundo interior a manifestación exterior, tiene una particularidad especial, al ser un movimiento semivoluntario, no es una comunicación unilateral, sino que el camino se puede realizar ¡también al revés! desde lo consciente, desde fuera, podemos mandar mensajes a nuestro mundo interior, emocional y cognitivo.

Eso significa que independientemente de nuestro estado interior, podemos ofrecerle calma y serenidad, igual que una madre consuela a su pequeño después de un golpe o un susto: sus tiernas palabras, su calidez, su contacto tiene un efecto tranquilizador inmediato en el pequeño. Acompasar nuestra respiración y darle profundidad está enviando un mensaje inequívoco a nuestro interior: todo está bien, puedes calmarte, ya pasó, estamos bien…

En esta cuarentena, nuestros estados emocionales pueden llevarnos a momentos de mucho nerviosismo, desazón, inquietud, vulnerabilidad y un sinfín de emociones y pensamientos más catastróficos que calmados. Con la respiración podemos modular este estado, y virar hacia estados mucho más calmados, serenos y de tranquilidad.

Como compartimos la semana pasada, existen multitud de técnicas de respiración, encuentra la que mejor te va, con la que estés más cómodo/a, y simplemente respira.

¿Cuál es el mejor momento?

Puedes imaginar que, si una persona se está ahogando en medio del mar, que le empiecen a explicar cómo nadar adecuadamente, no es el mejor momento, no tiene tiempo ni la tranquilidad para ponerse a mover acompasadamente brazos y piernas para mantenerse a flote, ¿Cuándo puede aprender bien a nadar? Pues seguramente en la orilla, cuando el agua no le cubre de forma completa y se siente tranquilo y seguro para practicar.

Con la respiración es igual: practícala cuando estés en un momento de calma, sin una necesidad imperiosa de tranquilizarte, practica y obsérvate tomando aire y expulsándolo, sin prisa. Esto te permitirá, conforme más lo practiques, poder ponerlo en práctica en los momentos donde más falta te puede hacer, pues ya lo tendrás entrenado. Además, es muy posible que, practicando regularmente ejercicios de respiración, evites muchas oportunidades de ansiedad, que de otra manera se habrían activado de forma automática.

Recuerda, simplemente… respira.