Durante estas semanas os hemos ido invitando a hacer un recorrido sanador por todas esas emociones y pensamientos, activando su lado más constructivo a través de ejercicios y cambios de perspectiva, pero… que difícil es ponerse a hacer algo, cuando el desánimo llega.

Es muy humano buscar cualquier excusa, cualquier pequeña tarea irrelevante, para justificar el hecho de no ponernos a hacer la tarea que tenemos en mente. Ese comportamiento se llama “procrastinar” es decir, de pronto, mirar el móvil a ver si alguien nos ha escrito, o ver que pone la tele, pues es mucho más interesante, que ponerse a hacer un ratito de respiraciones, o a escribir la carta a ese ser querido, o atacar el armario para ponerlo definitivamente en orden.

El hecho de procrastinar lo vivimos en nuestra cotidianidad y no sólo en estos momentos excepcionales, con la salvedad de que durante este confinamiento es posible que hayamos experimentado un estado de ánimo más bajo, que nos haya hecho replantearnos el para qué esforzarnos, aumentando en nosotros la pereza e incrementando emociones que no nos benefician para ponernos en marcha con lo que tenemos que hacer.

A día de hoy sabemos que procrastinar está más ligado a las emociones negativas que sentimos con aquello que tenemos que hacer, que con la fuerza de voluntad. La actividad que tenemos que realizar puede generar en nosotros sentimientos desagradables y como estrategia para sentirnos bien a corto plazo, damos un paso atrás y la aplazamos. Esto sólo hace que acumulemos “cosas que hacer”, incrementando los sentimientos desagradables acerca de esa tarea e incluso de nosotros mismos.

Con la intención de aportar pautas para conseguir nuestro objetivo vamos a retomar la idea de la que previamente hablábamos.  Sabemos que son las emociones negativas, como pueden ser la inseguridad o el aburrimiento, las que nos hacen postergar una tarea, por lo que  una alternativa sería pensar en las emociones positivas que sentiríamos al realizar lo que temos que hacer, es decir, visualizar cuáles van a ser mis sentimientos una vez consiga mi objetivo.

Seguramente nos sintamos orgullosos de nosotros mismos y dejemos de lado los sentimientos que afloran cuando postergamos una tarea, como la frustración o la desgana, aumentando así nuestra sensación de satisfacción.

Sin embargo, es importante no culpabilizarnos por el hecho de postergar, no se trata de tratarnos con desprecio cuando no hacemos algo, pues esto sólo hará que incrementar las emociones negativas. Se trata más bien de lo contrario, de ser autocompasivo, de facilitarnos el camino, de motivarnos con frases alentadoras y de pensar en las consecuencias positivas y ganancias que obtendremos al realizar lo que nos hemos propuesto. Los días en los que nuestro estado de ánimo es más bajo y no tenemos ganas de hacer nada, apliquémonos la frase “Haz tu mínimo”, pues haciéndolo tendremos una sensación de satisfacción que quizás nos lleve a realizar otro mínimo.

Aprendamos a focalizarnos en los beneficios de estar haciendo lo que antes hubiésemos postergado.