“Si estamos muy pendientes de no herir a nadie en ninguna circunstancia, acabaremos lastimándonos a nosotros mismos y a los demás”  (P. Jakubowski)

Esta semana retomamos las reflexiones alrededor de la comunicación, tras una semana de descanso sobre el tema.

Si recordáis el texto de hace 2 semanas, describimos 3 estilos de comunicación, cada uno, ocupaba un espacio en un río imaginario, las dos orillas y el puente que unía esas orillas. Hoy, nos centraremos en la orilla pasiva.

Las personas que habitan en la orilla pasiva anteponen los derechos, peticiones y deseos de los demás a los suyos propios.

En nuestro colectivo, hay personas que viven en la orilla pasiva y les pasan cosas como estas:

  • Hace unos años que estoy yendo a revisar el estado de mi riñón, no estoy muy preocupado porque cada vez que voy a la visita, que es 1 vez cada 8 meses, la doctora me dice que todo está bien y que nos veremos en otros 8 meses, entonces pienso: “prefiero no preguntar porque están muy ocupados y aunque no me queda claro como estoy, si me dicen que estoy bien, no debo molestar más”.
  • Tengo que llevar un control riguroso de la medicación que me toca tomar, pero a veces justo cuando tengo que tomármela me piden ayuda, y pienso: “porque me tome las pastillas más tarde no pasa nada, es más importante ayudar”
  • Aunque me siento cansado muy a menudo, los demás no deben sufrir mi enfermedad y tengo que aparentar toda la fortaleza posible y no parar de esforzarme, incluso sin fuerzas.

Y es que muchas veces, podemos sentir hasta algo de culpabilidad por algunas de las limitaciones que nos impone nuestra enfermedad: visitas continuas a médicos, cansancio, adaptación de la dieta y las actividades de ocio y laborales. Ante todo esto, los habitantes de la orilla pasiva sufren más por las molestias que pueden generar a los demás que por su propia situación y al minimizar sus complicaciones, sacan tiempo y fuerzas para ayudar a los demás.

Esta circunstancia que en apariencia es tan noble y ejemplar, tiene sus consecuencias: la falta de autocuidado lleva a los habitantes de la costa pasiva a un deterioro de la enfermedad, por lo que, paradójicamente, cuanto más ayudan a los demás (a costa de su propio cuidado) peor calidad de ayuda ofrecen y su salud más se deteriora.

Las personas que viven en la orilla pasiva, suelen sentir impotencia, tienen mucha energía mental, es decir, piensan mucho (tiene conversaciones mentales), pero no lo exteriorizan, baja autoestima, ansiedad y frustración.

Si te identificas con algunas de estas circunstancias, no te preocupes, todos en algún momento hemos sido habitantes de la orilla pasiva, podemos sacar lo mejor de esta orilla y aprender de los habitantes del puente, pero eso, lo dejaremos para las próximas semanas.